¡Hola!

Soy Mayra Porras y tengo 67 años. No padezco de ninguna enfermedad de base, tengo el peso adecuado y mantengo una actividad física e intelectual bastante intensas. No me pasa por la cabeza retirarme… de nada.
Si bien fui privilegiada con buenos genes, sé que esto no es suficiente para tener asegurada mi salud.

De niña me gustaba mucho andar en bicicleta, patinar y jugar los juegos tradicionales de la época. Crecí en una familia ENORME; tenía casi 100 primos con la mayoría de los cuales jugué mucho y aprendí a socializar, resolver conflictos y sobre todo, perdonar. “
Para esa época y hasta la adolescencia tuve la dicha de entrar en contacto con el ballet clásico, este me forjó en la disciplina.
De allí siguieron una serie de prácticas enfocadas más que todo en la danza, la música y la vida al aire libre, esto terminó de fortalecer mi amor por la actividad física.
Como adulta joven, las responsabilidades propias del trabajo y de la familia me limitaron un poco la práctica formal del ejercicio, pero me seguía manteniendo activa caminando mucho, bailando y realizando tareas domésticas que exigían movimiento y fuerza, pues así me lo había determinado mi crianza.
Bailar, socializar y reír mucho siguen siendo un pilar en mi vida.
Paralelamente mantuve siempre una buena alimentación, pues tuve la dicha de crecer en una familia que valoraba los alimentos nutritivos y sanos.
Como la mayoría de los seres humanos me vi enfrentada a situaciones personales que me llevaron casi al colapso emocional y allí fue donde me encontré en la encrucijada de continuar por la vía del derrumbe físico, mental y moral o me levantaba, me reconstruía y me hacía más fuerte a partir de los retos que me puso la vida.
No fue hasta ese momento en que tomé conciencia de que todas esas bases con las que crecí iban a ser la clave en la búsqueda de una vida equilibrada y feliz.
A mi familia y amigos les digo mucho que “correr me salvó la vida” porque creo que así fue… literalmente.
Con 50 y tantos años comencé a correr, como una necesidad de deshacerme de toda esa carga emocional negativa que sentía y fue liberador.
Y no corría ni corro largas distancias; no hago maratones, ni siquiera medias maratones. Me mantengo en distancias y velocidades que me dan mucha felicidad, que es más importante que ganar medallas.
Luego agregué el entrenamiento funcional a mi actividad, algo de pesas, y muy pronto apareció también el yoga.

El yoga fue el último eslabón que necesitaba para cerrar el círculo de bienestar que sin darme cuenta había venido construyendo. Porque el yoga te serena a través de la meditación activa y pasiva. Te ayuda a comprender, aceptar y reaccionar al entorno, pero sobre todo te ayuda a comprenderte y a aceptarte como un individuo imperfecto pero maravilloso.
Todas estas disciplinas, junto a lazos familiares y de amistad fuertes – esas personas que no solo me sostuvieron, sino que me levantaron, me abrazaron, me secaron las lágrimas, me empujaron y me aplaudieron -. Ellos, sin ninguna duda, son también responsables de mi renacimiento de las cenizas y mi resiliencia.
Y cuando creía que ya todo estaba claro y ordenado (soy bastante organizada) apareció la cereza del pastel representada por los pilares de la longevidad, un sistema de vida que incluye todo lo que les he descrito anteriormente y que explora la posibilidad real de vivir no solamente muchos años, sino vivirlos sin enfermedades crónicas, con la suficiente movilidad para disfrutar de una vida independiente y la carga de alegría necesaria para seguir sonriendo hasta el final.

Y claro, si eso además te hace ver como una persona agradable y hermosa, en el sentido integral del término, bienvenidos esos efectos secundarios.
De eso trata la longevidad.
Y de eso se trata este blog, de compartir todos los consejos, actividades y hábitos que te ayuden a desarrollar o fortalecer un estilo de vida que te lleve a vivir más y vivir mejor, a convertirte en un adulto vital.

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